CÓMO MANTENER LA CALMA Y NO ‘SALIRSE DE LOS CHIROS’ EN MEDIO DEL ESTRÉS DE LA CIUDAD

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El ser humano pasa su vida entre dos planos: el plano de lo mental y el plano de lo no mental. El plano mental, lo podemos llamar la periferia del ser, y el no mental, el centro del ser. Todo círculo tiene un centro, lo conozcamos o no. Somos un círculo: hay un centro. Sin un centro, no podríamos existir. Hay un núcleo en nuestro ser.

En ese centro, habita la Paz, la verdadera naturaleza del Amor que somos. En la periferia, está el mundo: la mente, los sueños, los deseos, las ansiedades, los mil y un juegos. Y somos las dos cosas.

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Poco a poco, podemos ir pasando de la periferia al centro y del centro a la periferia, muy suavemente, así como entramos y salimos de casa caminando. No creamos nunca una dicotomía. No decimos: “Estoy afuera de mi casa, ¿cómo puedo entrar?” No decimos: “Estoy dentro de mi casa, ¿cómo puedo salir?” Hay sol afuera, está cálido y agradable. Nos sentamos afuera, en el jardín. Luego, hace más y más calor, y comenzamos a sudar. Entonces, ya no es agradable. Simplemente, nos levantamos y entramos a casa de nuevo. Allí está fresco; no es incómodo. Ahora, está agradable. Y siempre podemos seguir entrando y saliendo.

De la misma manera, podemos adquirir la capacidad de conciencia y de comprensión para en el día a día, pasar de la periferia al centro, y del centro a la periferia y no quedarnos estancados en ningún lugar. Como dos alas, no se oponen. Pueden estar equilibradas en direcciones opuestas; tienen que estarlo. Si las dos alas estuvieran del mismo lado, el pájaro no podría levantar vuelo hacia el cielo. Deben estar en equilibrio, tienen que estar en direcciones opuestas, pero igual pertenecen al mismo pájaro y le sirven al mismo pájaro.

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La mente tiene la tendencia a quedarse estancada. Hay gente que se queda estancada en el bullicio o el trancón de la ciudad y dice que no puede salir de ahí y que no tiene tiempo para la meditación. Afirman que, aunque tuvieran tiempo, no sabrían cómo meditar y que no creen que sean capaces de hacerlo. Dicen ser mundanos: ¿cómo podrían meditar? ¿cómo ir al interior?” Estas personas han elegido una sola de sus alas. Y, por supuesto, es natural que esto provoque cierta frustración. Con una sola ala, seguro que habrá frustración.

Por otro lado, hay gente que se cansa del mundo y escapa de él: acuden a los monasterios y al Himalaya, se transforman en monjes. Empiezan a vivir aislados, forzándose a una vida de encierro en sí mismos. Cierran los ojos, cierran todas sus puertas y sus ventanas, y entonces se aburren.

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El caos de la ciudad nos harta, nos cansa, nos frustra. Sentimos que todo se transforma en un manicomio y se nos dificulta hallar descanso. Hay demasiadas relaciones y pocas vacaciones, no hay espacio suficiente para ser nosotros mismos. Estamos cayendo en las cosas, perdiendo la esencia. Siendo cada vez más materialistas y cada vez menos espirituales. El caos nos hace perder el rumbo, perder la conciencia misma de existir. Muchos huyen, se escapan. Y toman la opción de vivir aislados, haciendo una vida introvertida. Más tarde o más temprano, se aburren. Nuevamente, han elegido otra ala, pero otra vez eligen una sola. Éste es el camino de una vida asimétrica. Han caído nuevamente en la misma mentira pero del polo opuesto.

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Las meditaciones en movimiento que IRB propone, nos permiten comprender nuestras dos alas y volar permanentemente en paz, acogiendo el centro y la periferia como parte de nuestro balance, para ser capaz de permanecer en el bullicio, en el trancón, en el caos y, al mismo tiempo, de ser meditativo. Relacionarnos con la gente, amar, compartir, movernos en miles de relaciones que nos enriquecen y aun así poder cerrar las puertas, tomar un descanso de toda relación, para poder relacionarnos también con nuestro propio ser. Relacionarnos con otros, y también con nosotros mismos. Amar a los demás, y también a nosotros mismos. ¡Salir! Sin miedo al caos, reconociendo que el mundo es hermoso, que está lleno de aventuras, que es un desafío, y que nos enriquece. Que jamás hay nada que perder y siempre mucho que ganar.

Cuando entrenamos nuestro ser a meditar en movimiento, logramos hacer de cada momento una meditación. Cada día, en equilibrio, equiparando lo interior y lo exterior. Ambos con el mismo peso, de manera que el interior nunca se torne asimétrico. Es aprender a estar en el mundo, pero no ser del mundo. Estar en el mundo, pero no dejar que el mundo esté en nosotros. Cuando llegamos a casa, llegamos a casa: como si el mundo entero hubiera desaparecido.

La única manera de conservar la calma sin salirse de los chiros, es purificar el propio ser, refrescarse y rejuvenecer, volverse más vivo y más consciente. Dejar de tenerle miedo a la vida, al estado de conciencia.

ES EL MOMENTO de divertirte con todo lo que sucede, pues no hay nada que temer.

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